Lento, muy lento volvió a enfocar la mirada, despertaba de aquel sueño en donde todos sus recuerdos parecían haberse concentrado. Su garganta permanecía anudada por el silencio materializado en una cadena alrededor de su cuello, sellada por un simbólico candado pequeño que le hubiese regalado uno de sus mejores amigos. Fue esa tarde en que su mirada permanecía suspendida en el espacio. Afuera llovía y el agua azotaba el techo metálico de la habitación. Su brazo derecho abrazaba la guitarra, fiel compañera de cientos de canciones y única amiga, novia y amante en su soledad. Gonzalo lo miraba respetuoso de su metro cuadrado y de la imagen perfecta que proyectaba su abstracción en aquel viaje interestelar lejos de si, sostenido solamente por aquella botella de ron en su mano izquierda. Reconoció en él al viajero, y su capacidad de evocar y concentrar todos los momentos en uno solo. Supo que él tenía tantas cosas que decir en ese momento, pero, tantas palabras provocaban un cuello de botella al intentar escapar por una sola boca. Aquel ser silencioso de tarde invernal que había venido al mundo para no estar en él, entrampado en su amasijo de emociones que se dignaban a salir, era merecedor de un significativo trofeo. Entonces Gonzalo abrió el cajón de su velador, buscó entre los papeles, entre números de teléfono, condones, papelillos de arroz y todos los vestigios de su desordenada vida hasta que dio con el trofeo que buscaba, una cadena y un pequeño candado que había usado alguna vez para asegurar su bicicleta. Se acercó a Cristián y como un espectro atravesó aquel campo de fuerza que aseguraba la plenitud de su perfecto estado de alienación. Cuidadosamente la cadena serpenteó en su cuello hasta quedar ambos extremos en su nuez de Adán. Entonces el candado se cerró lentamente al momento en que Cristián reaccionó, miró fijamente a los ojos a Gonzalo quien ya había aparecido tele transportado al otro extremo de la habitación en una silla al lado de la cama. Se preguntó si fue su amigo quien le puso el candado alrededor del cuello o fue el mismo quien en su intentó por mantenerse en silencio materializó mágicamente aquel trofeo. – Va a llegar el momento en que ordenes todo lo que piensas y lo que sientes, vas a mirar a tu papá, te vas a quitar el candado y vas a hablar.- Le dijo Gonzalo. Es difícil permanecer con vida, estar atento a cada segundo cuando el depredador es el propio pensamiento que como cruel inquisidor busca en el inconsciente la debilidad que los despiertos quieren olvidar. Como podría ordenar los hechos y explicar la sensación de abandono de sus padres, viviendo día a día encerrado en su cuarto, escribiendo canciones y quedándose en casa en vez de ir al liceo los terribles días de exámenes de aritmética. Como decir que las novias y las fiestas le eran ajenos puesto que se encontraba a kilómetros suspendido en la estratosfera viendo a sus pares como extraños. Como explicar que era distinto y que algunos compañeros le trataban de especial, de ángel, de artista incomprendido que se sumía en la fantasía y en las sesiones de rock de tardes solitarias. Como le hubiese gustado tener una banda tocando en su living para cantarle a sus padres esa sensación. En el espejo estaba aquel candado en su cuello, recordando que debía callar, deglutir lo que un día estaría listo para decir. A los 16 años la existencia no debería estar pesando tanto. Tanta tristeza podría ser kármica. Nunca le gustó este mundo, nunca le gustó el sistema, esta sensación precaria. Lento muy lento, el aire volvía a sus pulmones junto a la noción de realidad. Alzo la cabeza y vio el pasillo en baldosas blanco y negro perdiéndose hacia la puerta de entrada del hospital. Frente a él una mujer horrible que esperaba cargando un bebé enfermo que no paraba de llorar, un hombre de edad que tosía y al otro extremo una niña descansaba en una camilla con un suero inyectado. Aire denso, espesura de enfermedad y el mundo del cual quería desaparecer dibujado en tres marcas cortopunzantes en su muñeca derecha. Las voces y el eco del lugar en donde todos se aferraban desesperadamente a la vida. Entonces quiso decir algo, pero al llevar su mano hasta su cuello tuvo contacto con los eslabones de su silencio. Cerró los ojos un momento y se concentró en aquellos aullidos humanos, en las voces del altoparlante numerando a los pacientes, en los pasos de los mecánicos de humanos. Simple y corpóreo definiendo con exactitud la diferencia de estar con vida y al borde del abismo. Pero ¿Donde estaba esa esencia vital que estuvo a punto de perderse en su intento de suicidio? Entonces tuvo aquella visión extraña. Una procesión en un día soleado, mujeres con flores y sensación de carnaval, otros aires lejos de la ciudad y la percepción de lo inevitable saludando el principio de una historia. De pronto aquellos sonidos en el pabellón de urgencia se transformaron en bronces, música alegre que anunciaba el descubrimiento de la inocencia, vio a los músicos, los trombones brillando, las cintas de colores adornando un carro alegórico y mucha gente, niños, hombres y mujeres vestidos de fiesta en un ritual religioso. Abrió los ojos y enfocó en sus zapatillas descubriendo manchas de sangre. Miró nuevamente su muñeca derecha y los puntos recién hechos. Acarició su herida, el camino que dibujo el filo del cuchillo en el día en que el mundo se hizo tan grande que no fue capaz de caber su mente. Fue en ese sentir cuando aquella sombra apareció frente a él y sus ojos reconocieron esa figura viajando desde sus pies hasta su cabeza. Zapatos negros de suela, pantalón de tela gris, camisa blanca arremangada, una lapicera en el bolsillo y la mirada de un hombre iracundo interrumpida por el orgasmo de una bofetada en tiempo real que lo hizo despertar de la suspensión espacio – temporal. El golpe de un padre que no se había sentado a escucharle le parecía injusto y los llantos de su madre fuera de lugar. Nadie había sido capaz de bajarle de la nube de incertidumbre, de aquel mundo ficticio trazado en secreto a escondidas en su habitación. No hablaré con él - dijo su madre.- Ni siquiera puedo entender lo que canta. Es culpa de toda esa tropa de vagos. Las malas juntas le lavaron el cerebro. No hay otra explicación. ¿16 años y ni siquiera tiene una novia? -Remató su madre con la mirada fija en el camino. En el asiento trasero Cristián permanecía mirando la venda en su muñeca convencido de que está herida de batalla contra la vida misma le fuese a dar la oportunidad de romper su silencio. Significaba para él tal vez una especie de medalla, una condecoración que llamaba la atención al mundo. – No pienso hablar con él.- Sentenció nuevamente su madre.- Conozco gente con el pelo parado, con aros, con el pelo verde. Pero nunca había visto a alguien con un candado en el cuello.- Este no necesita padres, necesita siquiatras. Al llegar a casa, Cristián no dijo nada, la última frase de su madre le había resultado categórica, lo único que podía volver a hacer era sumergirse nuevamente en el mundo rockero de su habitación. Entró, miró las paredes rayadas son su puño y letra. Canciones que había escrito desde hace un par de años y que ensayaba pacientemente todas las tardes. Escribir las letras en los muros le resultaba cómodo, podía colgarse la fender estratocaster y mirar hacia cualquier punto de la habitación para buscar sus favoritas. Extendió la mano debajo de la cama y arrastro el estuche de la guitarra, dudaba si con el dolor de la muñeca podría volver a tocar. Se colgó la guitarra, encendió el amplificador y cuando alcanzó el segundo compás de su canción favorita su padre irrumpió en la habitación.- ¡No dijimos que las cosas fueran a ser como antes! – Estaba ocurriendo pensó, se quedó inmóvil mientras su padre se acercó lentamente y le descolgó suavemente la guitarra, luego le pidió que se sentara en la cama. Un silencio de funeral inundó la habitación. – ¡Mírame!- Y los ojos de Cristián se clavaron en los cristalinos ojos de su padre. – Yo sé que no somos perfectos. Tu mamá ve las cosas de manera práctica, para ella la vida es muy simple, se trata de respirar y aprender de los errores todo el tiempo, es así como uno no se vuelve a equivocar. No sé cuando fue la última vez que hable contigo, ese es mi error. Para mi las cosas no son practicas, tal vez no lo sepas pero al ver todas esas inquietudes artísticas en ti lo único que tengo es una imagen de mi a tu misma edad. Por eso me alejo. Pero aunque me asuste la imagen que me provoca mi propio hijo, tengo claro que es el camino que debe recorrer. Para mi la vida se trata de sentir, de equivocarse. Tú mamá quería que yo pintara la pieza… ¿Cómo iba a ser eso? ¿Como iba a borrar tus canciones, tu mundo? ¿Acaso crees que no conozco el mensaje? Los sábados en la tarde pareciese que estuviese dormido, pero escucho con atención cada palabra que sale de tu boca. Son canciones dolorosas que hablan de la ciudad, de la soledad y muchas cosas que mucha gente prefiere no tomar en cuenta. En tu música nadie baila por que el dolor te llega a los huesos. Cuando tuve 31 años me compré una guitarra, quería componer, decirle al mundo lo que sentía. Pero ya no iba a ser necesario, había cambiado demasiado…Tengo claro mi error. No haberme sentado en mucho tiempo a conversar. Cuando me fui con Isabel, pensé que iba a ser lo mejor, la relación con tu mamá estaba muerta. Pero aquí estoy de nuevo, por que descubrí que quiero una familia, y quiero esta familia y no a otra, y quiero a tu madre con sus virtudes y defectos y te quiero a ti hijo, con todo tu calvario rockero. Luego de las palabras de su padre, Cristián solo pudo perderse en la belleza de sus ojos sinceros. Parecía entender que su sufrimiento era la prolongación de la de su creador y aquel corte en la muñeca la conexión entre ambos. Esa tarde caminaron juntos por el barrio. Cristián permanecía siempre en silencio, no sabía hacia donde lo guiaba su padre. Se detuvieron en el taller mecánico en donde fue obligado a saludar a aquel hombre calvo que detestaba desde los 5 años. Cada vez que el automóvil presentaba un desperfecto pasaban tardes completas de sábado en aquel aburrido lugar. Ahí estaba la inevitable radio a pilas transmitiendo los partidos de fútbol de fin de semana y los calendarios de rubias con bondadosos pechos descubiertos. El hombre calvo los invitó a tomar asiento en una banca de madera sobre la tierra descubierta y trajo una jarra de jugo en polvo de dudosa procedencia. Allí intercambiaron palabras un rato entre las moscas y el pastor alemán que intentaba cazarlas de mordiscos intermitentes. Cristián no puso mucha atención a la conversación, solo estaba absorto perdido en los objetos de aquel lugar en donde el tiempo parecía haberse detenido. Repentinamente el hombre calvo regresó con una pequeña sierra de mano, puso dos dedos por entre el cuello y la cadena que sujetaban el permanente silencio de Cristián y meticulosamente cortó uno de los eslabones. La cadena ya no estaba en su cuello quizás ahora podría volver a dirigirle la palabra a su padre o tal vez al mundo. Cuando dieron las ocho de la mañana de aquel domingo, su padre irrumpió alegremente en la habitación. Parecía que iba a ser un día soleado. Tomaron un desayuno rápido, café con leche y pan tostado. Cristián ya había abandonado el silencio y había adoptado los monosílabos para comunicarse. Pronto estuvieron en el automóvil, estaba reluciente, probablemente su padre se había levantado muy temprano y había preparado todo para aquel viaje especial. –¿A donde vamos? – Dijo Cristián. – El día es hermoso, es Domingo, es el día del señor. El día en que Dios se sentó a contemplar su creación y descansó. Sé que eso no significa nada para ti. - Nada. – Dijo Cristián. - ¿A dónde vamos? - Es una sorpresa. Un par de horas en auto por la carretera escuchando una increíble selección musical con lo mejor del rock de los setenta, Cristián estaba sorprendido jamás pensó que su padre escuchase a Led Zepelin o a Jimmi Hendrix. - Si estuviese tu mamá probablemente estaríamos escuchando boleros. Hace mucho tiempo no experimentaba la sensación del aquí y el ahora, se sintió completo por un momento, que su padre estaba realmente junto a él mientras cantaba Foxey Lady de Hendrix. Entonces cerró los ojos, sacó la cabeza por la ventanilla y mientras el viento agitaba su cabello al ritmo de la batería experimentó como poco a poco el dolor se iba quedaba en el camino a kilómetros de distancia perdiéndose por la carretera. Al mediodía llegaron hasta una bifurcación hacia un polvoriento camino con álamos a los costados donde comenzaron a aparecer algunas casas, todas aún de adobe y de madera, tuvieron que sortear a un par de gallinas antes de llegar a una plaza. El coche se detuvo y su padre bajo estirando los brazos hacia el cielo mientras se volteaba a mirar a su alrededor.- No ha cambiado nada. Cristián descendió del auto.- ¿Dónde estamos? - Este es el pueblo donde tú mamá y yo nos conocimos. Ves esa Iglesia que esta allá. Al lado funcionaba una escuelita rural. Tú mamá y yo hacíamos clases allí, ya no debe quedar nadie. Es cierto que naciste en Santiago, pero esta es tu cuna…Durante dos años vivimos en una casa que está hacia ese cerro de enfrente. No teníamos auto. Caminábamos por el borde de ese arrollo hasta llegar a la escuela. Los niños venían de todas partes, a veces con lluvia…Los cuidábamos como si fueran nuestros hijos. Si nos hubiésemos quedado aquí, tal vez todo sería distinto. Mira, hacia donde vayas hay árboles. ¿Ves los álamos a la orilla del camino? Dicen que los álamos de este camino te saludan cuando te ven pasar. Hay una historia sobre cuando naciste. Pero el mundo es demasiado gris en tu cabeza, no sé si la quieras escuchar. Cristián sabía que aquella frase de: “No sé si la quieras escuchar” era una de las tretas de su padre para que él lógicamente se interesase en la historia. Permaneció en silencio a ver si su padre hablaba de otra cosa, pero también se quedó en silencio. Por unos instantes solo se escuchó el sonido de las hojas de los árboles meciéndose con el viento. Finalmente Cristián no pudo contra la curiosidad. -Quiero escucharla. - Cuando vivimos acá éramos muy pobres. Pero había una ventaja, éramos los únicos profesores que se habían aventurado en este proyecto. Cuando todos querían ir a hacer clases a Santiago, nosotros quisimos quedarnos. La gente nos quería mucho, nos regalaron hasta una vaca, se llamaba Florencia y tuve que aprender a ordeñarla. Éramos los profesores, los padres postizos de 30 niños en una escuela con un único curso. Mientras tu madre les enseñaba matemáticas y lenguaje, yo les enseñaba artes plásticas y ciencias naturales. Antes de volver a Santiago todo era perfecto, este era el paraíso. Naciste en la capital, pero tu bautismo fue acá. -Sabes que no creo en Dios papá. -Lo sé. Y no pretendo que cambies de opinión. La fé se tiene o no. No es esto lo que quería contarte. Un bautismo es una bienvenida, una bendición. Para que me entiendas de manera atea: “Una buena intención.” Y una buena intención nunca puede ser negada. Cuando viniste al mundo todos en este pueblo celebraron. Te celebraron como a un elegido, eras el hijo de dos personas de las que todo este pueblo estaba agradecido. Y esas personas festejaron por que querían que tu vida fuese alegre. Ellos esperaban que a tus 16 años pudieses ser capaz de regalar una sonrisa y no un intento de suicidio. -No entiendes nada. -No, eres tú el que no entiende. Tal vez si cerraras los ojos y fueses capaz de buscar ese momento en algún lugar de tu corazón sabrías siquiera de lo que estoy hablando. Cristián miró a su padre desafiante, su padre se echó un cigarrillo a la boca, lo encendió y comenzó a caminar en dirección al cerro. -¿Donde vas?- Lo detuvo Cristián.- No me preguntes donde voy. La pregunta es donde vas tú.- Contestó molesto su padre y continuó caminando en dirección al cerro. Se sentó en una piedra y vio la sombra de aquel enfurecido hombre yendo por un camino lleno de recuerdos. Alzo la mirada hacia los álamos meciéndose con el viento, volvió la vista a la venda en su muñeca, a su alrededor se dio cuenta que estaba en completa soledad, volvió a clavar la mirada en el camino hacia el cerro pero la sombra de su padre ya no estaba ahí, cerró los ojos y se quedó escuchando, y escuchando, y escuchando hasta el umbral auditivo, poniendo atención en cada uno de los sonidos de la naturaleza que le rodeaba. El arrollo, el trinar de las aves. De pronto comenzó a escuchar una melodía. Al principio no podía distinguirla, pero ahí estaban de nuevo los bronces, la canción alegre entonada a más de cien voces, el doblar de las campanas de la iglesia, y sintió como se le erizaban los pelos y vio con los ojos cerrados los carros alegóricos, las cintas de colores, la gente con ramos de flores y niños orbitando felices en torno a ellos. Algo remeció su corazón, algo que no había sentido jamás, intentó aferrarse a la cadena en su cuello olvidando que ya no le pertenecía, olvidando que su silencio había sido quebrado por su creador. Cuando abrió los ojos vidriosos a punto de reventar en llanto fijo la vista en la bondadosa mirada de su padre que lo observaba desde hace un rato. -Sé que tienes mucha rabia y muchas cosas que decirme.-Dijo el padre. - No tengo nada que decir solo quiero un abrazo…
Cristián Villanueva
Saturday, April 09, 2011
Bautismo
Lento, muy lento volvió a enfocar la mirada, despertaba de aquel sueño en donde todos sus recuerdos parecían haberse concentrado. Su garganta permanecía anudada por el silencio materializado en una cadena alrededor de su cuello, sellada por un simbólico candado pequeño que le hubiese regalado uno de sus mejores amigos. Fue esa tarde en que su mirada permanecía suspendida en el espacio. Afuera llovía y el agua azotaba el techo metálico de la habitación. Su brazo derecho abrazaba la guitarra, fiel compañera de cientos de canciones y única amiga, novia y amante en su soledad. Gonzalo lo miraba respetuoso de su metro cuadrado y de la imagen perfecta que proyectaba su abstracción en aquel viaje interestelar lejos de si, sostenido solamente por aquella botella de ron en su mano izquierda. Reconoció en él al viajero, y su capacidad de evocar y concentrar todos los momentos en uno solo. Supo que él tenía tantas cosas que decir en ese momento, pero, tantas palabras provocaban un cuello de botella al intentar escapar por una sola boca. Aquel ser silencioso de tarde invernal que había venido al mundo para no estar en él, entrampado en su amasijo de emociones que se dignaban a salir, era merecedor de un significativo trofeo. Entonces Gonzalo abrió el cajón de su velador, buscó entre los papeles, entre números de teléfono, condones, papelillos de arroz y todos los vestigios de su desordenada vida hasta que dio con el trofeo que buscaba, una cadena y un pequeño candado que había usado alguna vez para asegurar su bicicleta. Se acercó a Cristián y como un espectro atravesó aquel campo de fuerza que aseguraba la plenitud de su perfecto estado de alienación. Cuidadosamente la cadena serpenteó en su cuello hasta quedar ambos extremos en su nuez de Adán. Entonces el candado se cerró lentamente al momento en que Cristián reaccionó, miró fijamente a los ojos a Gonzalo quien ya había aparecido tele transportado al otro extremo de la habitación en una silla al lado de la cama. Se preguntó si fue su amigo quien le puso el candado alrededor del cuello o fue el mismo quien en su intentó por mantenerse en silencio materializó mágicamente aquel trofeo. – Va a llegar el momento en que ordenes todo lo que piensas y lo que sientes, vas a mirar a tu papá, te vas a quitar el candado y vas a hablar.- Le dijo Gonzalo. Es difícil permanecer con vida, estar atento a cada segundo cuando el depredador es el propio pensamiento que como cruel inquisidor busca en el inconsciente la debilidad que los despiertos quieren olvidar. Como podría ordenar los hechos y explicar la sensación de abandono de sus padres, viviendo día a día encerrado en su cuarto, escribiendo canciones y quedándose en casa en vez de ir al liceo los terribles días de exámenes de aritmética. Como decir que las novias y las fiestas le eran ajenos puesto que se encontraba a kilómetros suspendido en la estratosfera viendo a sus pares como extraños. Como explicar que era distinto y que algunos compañeros le trataban de especial, de ángel, de artista incomprendido que se sumía en la fantasía y en las sesiones de rock de tardes solitarias. Como le hubiese gustado tener una banda tocando en su living para cantarle a sus padres esa sensación. En el espejo estaba aquel candado en su cuello, recordando que debía callar, deglutir lo que un día estaría listo para decir. A los 16 años la existencia no debería estar pesando tanto. Tanta tristeza podría ser kármica. Nunca le gustó este mundo, nunca le gustó el sistema, esta sensación precaria. Lento muy lento, el aire volvía a sus pulmones junto a la noción de realidad. Alzo la cabeza y vio el pasillo en baldosas blanco y negro perdiéndose hacia la puerta de entrada del hospital. Frente a él una mujer horrible que esperaba cargando un bebé enfermo que no paraba de llorar, un hombre de edad que tosía y al otro extremo una niña descansaba en una camilla con un suero inyectado. Aire denso, espesura de enfermedad y el mundo del cual quería desaparecer dibujado en tres marcas cortopunzantes en su muñeca derecha. Las voces y el eco del lugar en donde todos se aferraban desesperadamente a la vida. Entonces quiso decir algo, pero al llevar su mano hasta su cuello tuvo contacto con los eslabones de su silencio. Cerró los ojos un momento y se concentró en aquellos aullidos humanos, en las voces del altoparlante numerando a los pacientes, en los pasos de los mecánicos de humanos. Simple y corpóreo definiendo con exactitud la diferencia de estar con vida y al borde del abismo. Pero ¿Donde estaba esa esencia vital que estuvo a punto de perderse en su intento de suicidio? Entonces tuvo aquella visión extraña. Una procesión en un día soleado, mujeres con flores y sensación de carnaval, otros aires lejos de la ciudad y la percepción de lo inevitable saludando el principio de una historia. De pronto aquellos sonidos en el pabellón de urgencia se transformaron en bronces, música alegre que anunciaba el descubrimiento de la inocencia, vio a los músicos, los trombones brillando, las cintas de colores adornando un carro alegórico y mucha gente, niños, hombres y mujeres vestidos de fiesta en un ritual religioso. Abrió los ojos y enfocó en sus zapatillas descubriendo manchas de sangre. Miró nuevamente su muñeca derecha y los puntos recién hechos. Acarició su herida, el camino que dibujo el filo del cuchillo en el día en que el mundo se hizo tan grande que no fue capaz de caber su mente. Fue en ese sentir cuando aquella sombra apareció frente a él y sus ojos reconocieron esa figura viajando desde sus pies hasta su cabeza. Zapatos negros de suela, pantalón de tela gris, camisa blanca arremangada, una lapicera en el bolsillo y la mirada de un hombre iracundo interrumpida por el orgasmo de una bofetada en tiempo real que lo hizo despertar de la suspensión espacio – temporal. El golpe de un padre que no se había sentado a escucharle le parecía injusto y los llantos de su madre fuera de lugar. Nadie había sido capaz de bajarle de la nube de incertidumbre, de aquel mundo ficticio trazado en secreto a escondidas en su habitación. No hablaré con él - dijo su madre.- Ni siquiera puedo entender lo que canta. Es culpa de toda esa tropa de vagos. Las malas juntas le lavaron el cerebro. No hay otra explicación. ¿16 años y ni siquiera tiene una novia? -Remató su madre con la mirada fija en el camino. En el asiento trasero Cristián permanecía mirando la venda en su muñeca convencido de que está herida de batalla contra la vida misma le fuese a dar la oportunidad de romper su silencio. Significaba para él tal vez una especie de medalla, una condecoración que llamaba la atención al mundo. – No pienso hablar con él.- Sentenció nuevamente su madre.- Conozco gente con el pelo parado, con aros, con el pelo verde. Pero nunca había visto a alguien con un candado en el cuello.- Este no necesita padres, necesita siquiatras. Al llegar a casa, Cristián no dijo nada, la última frase de su madre le había resultado categórica, lo único que podía volver a hacer era sumergirse nuevamente en el mundo rockero de su habitación. Entró, miró las paredes rayadas son su puño y letra. Canciones que había escrito desde hace un par de años y que ensayaba pacientemente todas las tardes. Escribir las letras en los muros le resultaba cómodo, podía colgarse la fender estratocaster y mirar hacia cualquier punto de la habitación para buscar sus favoritas. Extendió la mano debajo de la cama y arrastro el estuche de la guitarra, dudaba si con el dolor de la muñeca podría volver a tocar. Se colgó la guitarra, encendió el amplificador y cuando alcanzó el segundo compás de su canción favorita su padre irrumpió en la habitación.- ¡No dijimos que las cosas fueran a ser como antes! – Estaba ocurriendo pensó, se quedó inmóvil mientras su padre se acercó lentamente y le descolgó suavemente la guitarra, luego le pidió que se sentara en la cama. Un silencio de funeral inundó la habitación. – ¡Mírame!- Y los ojos de Cristián se clavaron en los cristalinos ojos de su padre. – Yo sé que no somos perfectos. Tu mamá ve las cosas de manera práctica, para ella la vida es muy simple, se trata de respirar y aprender de los errores todo el tiempo, es así como uno no se vuelve a equivocar. No sé cuando fue la última vez que hable contigo, ese es mi error. Para mi las cosas no son practicas, tal vez no lo sepas pero al ver todas esas inquietudes artísticas en ti lo único que tengo es una imagen de mi a tu misma edad. Por eso me alejo. Pero aunque me asuste la imagen que me provoca mi propio hijo, tengo claro que es el camino que debe recorrer. Para mi la vida se trata de sentir, de equivocarse. Tú mamá quería que yo pintara la pieza… ¿Cómo iba a ser eso? ¿Como iba a borrar tus canciones, tu mundo? ¿Acaso crees que no conozco el mensaje? Los sábados en la tarde pareciese que estuviese dormido, pero escucho con atención cada palabra que sale de tu boca. Son canciones dolorosas que hablan de la ciudad, de la soledad y muchas cosas que mucha gente prefiere no tomar en cuenta. En tu música nadie baila por que el dolor te llega a los huesos. Cuando tuve 31 años me compré una guitarra, quería componer, decirle al mundo lo que sentía. Pero ya no iba a ser necesario, había cambiado demasiado…Tengo claro mi error. No haberme sentado en mucho tiempo a conversar. Cuando me fui con Isabel, pensé que iba a ser lo mejor, la relación con tu mamá estaba muerta. Pero aquí estoy de nuevo, por que descubrí que quiero una familia, y quiero esta familia y no a otra, y quiero a tu madre con sus virtudes y defectos y te quiero a ti hijo, con todo tu calvario rockero. Luego de las palabras de su padre, Cristián solo pudo perderse en la belleza de sus ojos sinceros. Parecía entender que su sufrimiento era la prolongación de la de su creador y aquel corte en la muñeca la conexión entre ambos. Esa tarde caminaron juntos por el barrio. Cristián permanecía siempre en silencio, no sabía hacia donde lo guiaba su padre. Se detuvieron en el taller mecánico en donde fue obligado a saludar a aquel hombre calvo que detestaba desde los 5 años. Cada vez que el automóvil presentaba un desperfecto pasaban tardes completas de sábado en aquel aburrido lugar. Ahí estaba la inevitable radio a pilas transmitiendo los partidos de fútbol de fin de semana y los calendarios de rubias con bondadosos pechos descubiertos. El hombre calvo los invitó a tomar asiento en una banca de madera sobre la tierra descubierta y trajo una jarra de jugo en polvo de dudosa procedencia. Allí intercambiaron palabras un rato entre las moscas y el pastor alemán que intentaba cazarlas de mordiscos intermitentes. Cristián no puso mucha atención a la conversación, solo estaba absorto perdido en los objetos de aquel lugar en donde el tiempo parecía haberse detenido. Repentinamente el hombre calvo regresó con una pequeña sierra de mano, puso dos dedos por entre el cuello y la cadena que sujetaban el permanente silencio de Cristián y meticulosamente cortó uno de los eslabones. La cadena ya no estaba en su cuello quizás ahora podría volver a dirigirle la palabra a su padre o tal vez al mundo. Cuando dieron las ocho de la mañana de aquel domingo, su padre irrumpió alegremente en la habitación. Parecía que iba a ser un día soleado. Tomaron un desayuno rápido, café con leche y pan tostado. Cristián ya había abandonado el silencio y había adoptado los monosílabos para comunicarse. Pronto estuvieron en el automóvil, estaba reluciente, probablemente su padre se había levantado muy temprano y había preparado todo para aquel viaje especial. –¿A donde vamos? – Dijo Cristián. – El día es hermoso, es Domingo, es el día del señor. El día en que Dios se sentó a contemplar su creación y descansó. Sé que eso no significa nada para ti. - Nada. – Dijo Cristián. - ¿A dónde vamos? - Es una sorpresa. Un par de horas en auto por la carretera escuchando una increíble selección musical con lo mejor del rock de los setenta, Cristián estaba sorprendido jamás pensó que su padre escuchase a Led Zepelin o a Jimmi Hendrix. - Si estuviese tu mamá probablemente estaríamos escuchando boleros. Hace mucho tiempo no experimentaba la sensación del aquí y el ahora, se sintió completo por un momento, que su padre estaba realmente junto a él mientras cantaba Foxey Lady de Hendrix. Entonces cerró los ojos, sacó la cabeza por la ventanilla y mientras el viento agitaba su cabello al ritmo de la batería experimentó como poco a poco el dolor se iba quedaba en el camino a kilómetros de distancia perdiéndose por la carretera. Al mediodía llegaron hasta una bifurcación hacia un polvoriento camino con álamos a los costados donde comenzaron a aparecer algunas casas, todas aún de adobe y de madera, tuvieron que sortear a un par de gallinas antes de llegar a una plaza. El coche se detuvo y su padre bajo estirando los brazos hacia el cielo mientras se volteaba a mirar a su alrededor.- No ha cambiado nada. Cristián descendió del auto.- ¿Dónde estamos? - Este es el pueblo donde tú mamá y yo nos conocimos. Ves esa Iglesia que esta allá. Al lado funcionaba una escuelita rural. Tú mamá y yo hacíamos clases allí, ya no debe quedar nadie. Es cierto que naciste en Santiago, pero esta es tu cuna…Durante dos años vivimos en una casa que está hacia ese cerro de enfrente. No teníamos auto. Caminábamos por el borde de ese arrollo hasta llegar a la escuela. Los niños venían de todas partes, a veces con lluvia…Los cuidábamos como si fueran nuestros hijos. Si nos hubiésemos quedado aquí, tal vez todo sería distinto. Mira, hacia donde vayas hay árboles. ¿Ves los álamos a la orilla del camino? Dicen que los álamos de este camino te saludan cuando te ven pasar. Hay una historia sobre cuando naciste. Pero el mundo es demasiado gris en tu cabeza, no sé si la quieras escuchar. Cristián sabía que aquella frase de: “No sé si la quieras escuchar” era una de las tretas de su padre para que él lógicamente se interesase en la historia. Permaneció en silencio a ver si su padre hablaba de otra cosa, pero también se quedó en silencio. Por unos instantes solo se escuchó el sonido de las hojas de los árboles meciéndose con el viento. Finalmente Cristián no pudo contra la curiosidad. -Quiero escucharla. - Cuando vivimos acá éramos muy pobres. Pero había una ventaja, éramos los únicos profesores que se habían aventurado en este proyecto. Cuando todos querían ir a hacer clases a Santiago, nosotros quisimos quedarnos. La gente nos quería mucho, nos regalaron hasta una vaca, se llamaba Florencia y tuve que aprender a ordeñarla. Éramos los profesores, los padres postizos de 30 niños en una escuela con un único curso. Mientras tu madre les enseñaba matemáticas y lenguaje, yo les enseñaba artes plásticas y ciencias naturales. Antes de volver a Santiago todo era perfecto, este era el paraíso. Naciste en la capital, pero tu bautismo fue acá. -Sabes que no creo en Dios papá. -Lo sé. Y no pretendo que cambies de opinión. La fé se tiene o no. No es esto lo que quería contarte. Un bautismo es una bienvenida, una bendición. Para que me entiendas de manera atea: “Una buena intención.” Y una buena intención nunca puede ser negada. Cuando viniste al mundo todos en este pueblo celebraron. Te celebraron como a un elegido, eras el hijo de dos personas de las que todo este pueblo estaba agradecido. Y esas personas festejaron por que querían que tu vida fuese alegre. Ellos esperaban que a tus 16 años pudieses ser capaz de regalar una sonrisa y no un intento de suicidio. -No entiendes nada. -No, eres tú el que no entiende. Tal vez si cerraras los ojos y fueses capaz de buscar ese momento en algún lugar de tu corazón sabrías siquiera de lo que estoy hablando. Cristián miró a su padre desafiante, su padre se echó un cigarrillo a la boca, lo encendió y comenzó a caminar en dirección al cerro. -¿Donde vas?- Lo detuvo Cristián.- No me preguntes donde voy. La pregunta es donde vas tú.- Contestó molesto su padre y continuó caminando en dirección al cerro. Se sentó en una piedra y vio la sombra de aquel enfurecido hombre yendo por un camino lleno de recuerdos. Alzo la mirada hacia los álamos meciéndose con el viento, volvió la vista a la venda en su muñeca, a su alrededor se dio cuenta que estaba en completa soledad, volvió a clavar la mirada en el camino hacia el cerro pero la sombra de su padre ya no estaba ahí, cerró los ojos y se quedó escuchando, y escuchando, y escuchando hasta el umbral auditivo, poniendo atención en cada uno de los sonidos de la naturaleza que le rodeaba. El arrollo, el trinar de las aves. De pronto comenzó a escuchar una melodía. Al principio no podía distinguirla, pero ahí estaban de nuevo los bronces, la canción alegre entonada a más de cien voces, el doblar de las campanas de la iglesia, y sintió como se le erizaban los pelos y vio con los ojos cerrados los carros alegóricos, las cintas de colores, la gente con ramos de flores y niños orbitando felices en torno a ellos. Algo remeció su corazón, algo que no había sentido jamás, intentó aferrarse a la cadena en su cuello olvidando que ya no le pertenecía, olvidando que su silencio había sido quebrado por su creador. Cuando abrió los ojos vidriosos a punto de reventar en llanto fijo la vista en la bondadosa mirada de su padre que lo observaba desde hace un rato. -Sé que tienes mucha rabia y muchas cosas que decirme.-Dijo el padre. - No tengo nada que decir solo quiero un abrazo…
Tuesday, June 22, 2010
ACERCA DEL DOLOR
Thursday, October 29, 2009
Estreno de Sinfonia a Cuatro Cámaras


Wednesday, July 15, 2009
ESTRENO: SINFONÍA A CUATRO CÁMARAS

Monday, April 06, 2009
Quien mato a dios?
Acá un video del disco: Donde Mueren las Palabras?... del año 2005...La canción ¿Quien mató a Dios? Especial para la semana santa...
Thursday, March 05, 2009
Una Princesa de 1999
A continuación
Una Princesa, del disco "Designio" del año 99
Friday, November 07, 2008
La televisión y los Jóvenes
I.- Introducción
Mientras por un lado la principal excusa de quienes se oponían a la televisión era “Lo que estábamos entregando a nuestros jóvenes”, al parecer nuestros jóvenes estaban avanzando mucho más rápido, entendiendo este proceso de cambio hacia lo desechable o kitsh, aquello que tenía un valor artístico pero que estaba hecho por repetición y resultaba ser un apetecible embutido, como por ejemplo el cómics (En Chile revistas como el Peneca). Ahora era el turno de la televisión, y los jóvenes estaban mejor preparados para recibir esta nueva tecnología porque indirectamente estaba orientada hacia lo que ellos ya venían entendiendo a través del cómics y del consumo de lo desechable, de lo que no era parte de la memoria inmortal, si no de lo destinado a lo instantáneo.
Por años se ha demonizado a los medios, lo cierto es que los medios no son el mensaje, en el caso de la televisión como en cualquier nueva tecnología adoptada por los jóvenes existe un proceso de adaptación y una búsqueda en el soporte para mostrarse tal y cual son. Figurar en su entorno y ser reconocidos por sus pares.
En este proceso de adaptación y de búsqueda de la imagen personal a través de la imagen en la pantalla, existe un sinuoso camino del cual se puede sacar provecho o caer en los modelos equivocados. Es tarea de los adultos y de la formación desde la infancia crear en los jóvenes una apertura mental a la información y un filtro basado en lo valórico. Nuevos medios siempre aparecerán y debemos estar preparados y ser un apoyo para los jóvenes en el uso de ellos.
Wednesday, August 20, 2008
Wednesday, August 13, 2008
Lanzamiento La Moneda de Hernán Miranda
Este es un fragmento del lanzamiento del libro "La Moneda" del poeta Hernán Miranda Casanova, que se realizó el día martes 12 de Agosto en el Centro Cultural Palacio de la Moneda.
Este libro inedito en Chile fue premio Casa de las Américas en el año 1976, uno de los premios importantes en la poesía a nivel latinoamericano.
Mi relación con Hernán es indirecta, a pesar de no ser un conocedor de la poesía, lo conocí
por esas casualidades de la vida...Mi novia me presentó a su padre...Me encontré con un hombre solitario y observador que construye una poesía de mirada periodística. Un autor de más de una docena de libros, recomendado por Nicanor Parra, por Raúl Zurita y por otros que ven en su poesía la captura de la realidad sin ningún artificio.



